Discurso pronunciado durante la Clausura del Seminario sobre “Unión Europea y Mercosur: el papel de los órganos jurisdiccionales en los procesos de Integración” – Asunción, Paraguay

•   Excelentísimo Señor Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Doctor Enrique Sosa.
•   Excelentísimos Señores Ministros de la Corte Suprema de Justicia.
•   Excelencias.
•   Señores Conferencistas e invitados especiales.
•   Señoras y Señores.

Acoger en este magnífico marco del Centro cultural Español, “Juan de Salazar”, a las prestigiosas personalidades latinoamericanas y europeas que participaron del Seminario sobre “Unión Europea y Mercosur: el papel de los Organos  Jurisdiccionales en los Procesos de Integración”, constituye un singular y grato acontecimiento para la República del Paraguay.

Agradezco muy sinceramente a la Comisión Europea, a la Fundación Konrad Adenauer y al Centro Interdisciplinario de Desarrollo Social y Economía Política por auspiciar este Seminario, y a la Corte Suprema de Justicia y a la Embajada de España por la excelencia de la organización asumida en esta circunstancia.

Mi reconocimiento muy especial a los conferenciantes, conocidos y prestigiosos políticos, juristas y profesores latinoamericanos y europeos, que nos han  transmitido su saber, sus experiencias y sus criterios sobre el rol del Derecho en los Procesos de Integración.

Este Seminario tan enriquecedor, no ha sido un simple fruto del azar.  Ha sido un diálogo querido y buscado.  Políticos, juristas y profesores, conocemos muy bien el valor de la experiencia porque aporta ingredientes irremplazables al proceso pragmático del saber.  No creo que sea precisamente una muestra de talento avanzar tercamente o a ciegas por los caminos del desarrollo, insensibles a lo que han hecho los demás.  Creo en cambio que un hombre bien informado  a través de la experiencia ajena, tiene más caminos abiertos y encuentra menos obstáculos en su recorrido.  Es más libre en consecuencia para elegir, porque sus objetivos están mejor contrastados, iluminados y definidos.  Esto es lo que han hecho ustedes, definir, iluminar y todos nos hemos enriquecido con ello.

Cuatro países de Latinoamérica, Argentina, Brasil, Uruguay y  Paraguay asumieron el 26 de marzo de 1991, en Asunción, un extraordinario compromiso:  la creación y el desarrollo del primer Mercado Común Latinoamericano.  Seis años después contemplamos que aquello que nos propusimos empieza a adquirir su propia y definida fisonomía en nuestro horizonte político, económico y jurídico.

Este gratificador acontecimiento constituye una advertencia para los incrédulos y tiene el valor de un mensaje para los pueblos de Latinoamérica:  Un mercado Común, una zona de Integración Económica y de prosperidad, es posible y podemos construirlos con nuestras propias fuerzas.

Muchos años antes, el 19 de abril de 1951 en París y el 25 de marzo de 1957 en Roma, Europa creaba aquellas tres Comunidades que hoy, transformadas, evolucionadas y modernizadas, conforman la magnífica realidad de la Unión Europea de 15 países, que navega con viento favorable hacia las nuevas realizaciones de una Unión Económica y Monetaria y hacia objetivos políticos de tan alto interés como una Política Exterior y de Seguridad común, entre otros.  Si pudiéramos resumir en una breve expresión la razón de ser de un milagro semejante, seguramente la encontraríamos en el propósito y la voluntad de convergencia.  La convergencia no es una simple expresión geométrica.  Es un estado de espíritu querido y esforzado, generado por la voluntad y la determinación.

Cuarenta y seis años separan el comienzo de los dos procesos:  el europeo y el del Mercosur.  Veamos como se conducen.  El Mercosur ha vencido etapas críticas con un éxito en el que los escépticos no creían.  Tenemos un programa de desarme arancelario intracomunitario en marcha; tenemos un programa de establecimiento de un Arancel Externo Común que está funcionando. Son realizaciones ya irreversibles.

Nos enfrentamos, es cierto, con otras etapas y otros problemas de gran complejidad técnica y hasta política, como la libre práctica del comercio, la armonización de políticas macroeconómicas, la configuración de Instituciones definitivas, la introducción del principio de solidaridad y quien sabe si, al final del proceso, la instauración de la Unión política.  A veces la vehemencia de nuestros temperamentos nos lleva a fruncir el ceño ante la labor que queda por hacer.  Pienso que no debería ser así.  No hay desánimo posible.  El Mercosur es ya una realidad que no admite regresiones.  El objetivo es ahora avanzar, aunando esfuerzos y evitando equivocarnos técnica o políticamente.

Este seminario nos ha brindado la oportunidad, por otro lado, de mirar con más atención la experiencia europea. ¡Cuántos fueron los sufrimientos, las dilaciones, los reajustes, los tropiezos experimentados y vencidos por la voluntad de convergencia!.  Esa larga historia de la Unión Europea tiene mil capítulos críticos, entre los que podemos recordare, la Política Agrícola Común; el tema de los Recursos propios; el de las “Sillas Vacias”; el de las ampliaciones concretadas venciendo múltiples dificultades; el del Mercado Unico y el Tratado de Maastrich, que no es un regalo, sino un titánico esfuerzo de voluntad y de convicción que se desarrolló bajo la mirada atenta de la Conferencia Intergubernamental.

Al contemplar los dos procesos complejos del Mercosur y de la Unión Europea, todos coincidimos en que no son procesos clónicos ni coincidentes.  Cada uno es el fruto de circunstancias políticas, económicas, jurídicas, sociales e incluso geográficas e históricas distintas.

Pero no caigamos en el extremo de negar que el Mercosur y el Mercado Común Europeo tienen claros elementos de una experiencia compartida. Por muy diferentes que sean las circunstancias de base o de hecho y hasta las idiosincrasias de los pueblos involucrados, hay una buena parte de los proyectos técnicos, económicos y políticos de ambas integraciones que, forzosamente, tienen manifiestas coincidencias.

El ejemplo europeo no debe ser copiado, es cierto, pero tampoco debe ser desconocido.  Debe  estar presente en nuestras consideraciones, como ejemplarmente nos ha  sugerido este Seminario.  Las viejas y gloriosas democracias europeas siguieron un camino de integración inédito y, en muchas ocasiones, tuvieron que pagar un alto precio por la ausencia de un modelo pionero de referencia.

Latinoamérica, conservando su esquema original y entrañable, debe tener la inteligencia de observar, de juzgar, de rechazar o de seguir y adoptar las experiencias ajenas.  Las pretensiones extremas de originalidad carecen de base racional, y aún de utilidad práctica.  Aislarse por amor propio o por orgullo, no es una actitud admisible ni moderna.  No forma tampoco parte de la mentalidad de los cuatro países del Mercosur, que manifiestamente tuvieron la iniciativa y el acierto de firmar, el 15 de diciembre de 1995, el Acuerdo Marco Interregional de Cooperación con la Comunidad Europea.

Señoras y Señores: mi mensaje en la clausura de este Seminario es la lógica consecuencia  de las reflexiones anteriores:

-   Sigamos desarrollando, con fe y con perseverancia, un Mercado Común, que nos lleve a la integración y a la convergencia política latinoamericanas, que sea una obra netamente nuestra.
-   Abramos los ojos al exterior, a lo que otros paises de idéntica estirpe cultural e histórica lograron hacer mediante un esfuerzo encomiable. Las inteligentes y agudas reflexiones del Seminario que hoy culmina han demostrado que esa experiencia será para nosotros sumamente útil.
-   Enfrentemos el desarrollo del Mercosur con enfoques y acciones técnicamente correctos y con una voluntad política decidida a fortalecer y enriquecer la convergencia.
-   Decidámonos a dotar al Mercosur de Instituciones y Principios adecuados a la importancia y buen éxito de la empresa.  La seguridad jurídica exige Organos supranacionales que protejan el proyecto con neutralidad y representen adecuadamente la voluntad y la personalidad común.
-   La Justicia distributiva requiere que el Mercosur se desarrolle en base al Principio de Solidaridad de las regiones más ricas con las más necesitadas.  Un Mercado Común requiere, por definición, equilibrios económicos que solo se consiguen con la comprensión y la cooperación.
-   Sería finalmente impensable un Mercosur de libre circulación de la riqueza, que no fuera acompañado por un Mercosur de protección y estímulo a la mano de obra.  Quiero decir, y estoy seguro de que lo han comprendido, que resultaría impensable un Mercosur que no tuviese su centro en el progreso social, en el hombre.  La riqueza es un bien necesario para todos los pueblos, pero sería inservible si no se utilizase para elevar al hombre y en primer lugar al hombre más desvalido.

Deseo que cuando vuelvan a sus países  mediten sobre las experiencias de estos días y sobre las reflexiones que compartimos.  Mayor riqueza por supuesto.  Mayor cohesión política, naturalmente.  Y al mismo tiempo un Mercado Común que se mueva con neutralidad, con imparcialidad, evitando toda hegemonía impropia.  Un Mercado Común que no nos haga sonrojar, que no renuncie a la solidaridad.  Un Mercado Común, en definitiva, a la medida del hombre.

Muchas gracias.